jueves, 14 de noviembre de 2013

Asociación Nazareth de Torno y Talla.



Hace unos días estuve en la sede de la Asociación Nazareth. Es un local, próximo al mercado de ganados, que el Ayuntamiento de Benavente les ha cedido para poder realizar sus actividades, principalmente los cursos de torno y la talla. En breve comenzarán también con el manejo y confección de objetos de mimbre.
El Presidente de la asociación Maximino Hidalgo me enseña cada una de las salas del local: “Mira, esta es la sala de los tornos. Aunque es un poco reducida tenemos cinco, y los lunes y martes, por la tarde, cinco personas los ocupan cada hora, aprenden su manejo, y cómo se realizan o preparan las distintas piezas”. Efectivamente los vemos en plena actividad, disfrutando con lo que hacen, y aprendiendo, siempre bajo la mirada y las debidas orientaciones del maestro ebanista Santiago.
El Presidente Maximino Hidalgo en la sala de los tornos.
Un grupo de alumnos en plena actividad, manejando los tornos.
El maestro y monitor Santiago atiende a uno de los alumnos.
Alumno utilizando una herramienta para perfeccionar la pieza que está haciendo.
En la sala de al lado, sobre una mesa cuadrada destinada a la talla, cuatro personas se ejercitan en  el manejo de las gubias sobre tablas o trozos de madera. “Aquí se nos pasa la hora sin darnos cuenta, dice uno de ellos. Estamos metidos de lleno y disfrutando con esta actividad. Después,  en casa, en lugar de ver tanto la televisión, dedicamos también algunos ratos más a practicarnos en ello, y para no olvidar lo aprendido”.
Mesa dedicada a los trabajos de talla.
Antes de utilizar la gubia hay que preparar el diseño o dibujo y tenerlo cerca.
Pequeña arca realizada por Andrés, alumno destacado en varias artesanías.
A estos cursos de torno, talla y mimbre o cestería pueden asistir, a demás de los miembros de la asociación, que son unos treinta, todas las personas que lo deseen previo pago de una cuota para gastos de materiales y cuidado de máquinas y herramientas. Ocurre que la mayor parte de los asistentes, son mayores de edad y ya jubilados. Y es que, por lo que he comprobado y dejado escrito en otro momento, es esta una actividad muy apropiada para tener la mente, y también las manos, ocupadas unas horas al día, y así olvidarse de algunos problemas que surgen en la vida diaria. De momento son más 40 personas las que asisten a los cursos. Y no todos son de Benavente, sino que también algunos vienen de pueblos cercanos como San Cristóbal de Entreviñas, Santa Cristina de la Polvorosa, o más alejados como Valderas, Camarzana y Castroclabón.
Cerca de la mesa donde están tallando hay otra que hace de oficina de la asociación. Algunas cartas, carteles, varios libros, etc. y demás útiles necesarios para la administración. En la pared veo un cuadro con la imagen de San José. Ni que decir tiene que se trata del esposo de la Virgen María, y padre putativo de Jesús. Con ellos vivió un tiempo en Nazareth y aquí desempeñó el oficio de carpintero. No es de extrañar, pues, que artesanos, carpinteros y ebanistas lo tengan por patrón. Seguro que también lo es de esta  asociación y que en su día celebrarán fiesta. 
Mesa de talla. A la derecha oficina de la Asociación.
San José, artesano, y patrón de carpinteros, ebanistas, tallistas y torneros.
En el pasillo del local, también algo estrecho, veo abundantes trozos de madera de distintas formas y tamaños, dispuesta para pasar por el torno o someterse  a la gubia. La madera la traen algunos de los asistentes, o la compran en la asociación. Me dicen que utilizan de encina, roble, castaño, encina, fresno o pino. E incluso de chopo, sobre todo cuando se está aprendiendo a manejar las gubias. 
Maderas de distinta clase a la espera de su limpieza y utilización.
Trozos de madera limpios y ya preparados para el torno.
Tornos, gubias, esmeril, barniz de fricción, y algunas otras cosas son las herramientas y materiales, además de la madera, que se necesitan para desarrollar del mejor modo posible esta actividad. Y las piezas u objetos que realizan son variados, tanto en el torno: copas, platos, peonzas, juguetes, etc. como en la talla, con variedad de dibujos y figuras sobre las distintas clases de madera.
Tornos.
Esmeril.
Gubias.
Con las piezas u objetos preparados habrá una exposición, como ya hicieron este año, durante la celebración de la Femag. También la asociación participa en ferias de artesanía que se celebran en pueblos próximos, poniendo incluso a la venta algunas de las piezas elaboradas en los talleres. Lo recaudado es para que la asociación pueda seguir desarrollado cumpliendo lo programado.
Algunas de las piezas preparadas con los tornos.
La Asociación Nazareth ha empezado con ganas sus actividades. Todo ello ha sido posible gracias al empeño de su Junta Directiva y también a la colaboración del Ayuntamiento que les ha cedido un local en el poder reunirse y realizar dichas actividades.








lunes, 11 de noviembre de 2013

Artesano jubilado: Porfirio Botrán,de Bretó de la Ribera.

Tenía ya 89 años cuando lo visité. Nació en Espino de la Orbada (Salamanca), pero desde los 10 vivió en Bretó de la Ribera. Resulta que su padre, que era molinero, a los 40 años vino a trabajar en su oficio a la aceña o molino que había en Puente Quintos. Y con él toda la familia. Después arrendaron la aceña del Hoyo y cuando su padre falleció se encargó él de ella. Ello hizo que Porfirio se estableciese en Bretó en donde se casó y tuvo cuatro hijos. 
            “Los primeros años fui a la escuela del pueblo de Salamanca en el que nací y después a la de Bretó. Tenía que venir andando todos los días, con lluvia, frío, o lo que fuese, cuando vivíamos primero en Puente Quintos y luego en el Convento del Hoyo, al menos hasta cumplir los 14 y terminar los estudios primarios. Y después de la escuela a trabajar”.
En el pago denominado ‘El Hoyo’ de Bretó de la Ribera existió un priorato dependiente del Monasterio de Moreruela. Lo conocen y lo llaman por allí el Convento o Casa de los Frailes. Vivían allí los monjes que atendían la molienda, y los cañales para la pesca, a la que tenían derecho. Les servía además de residencia y hospital para ancianos y enfermos. En aquella época, las aceñas o molinos propiedad de dicho Monasterio eran tres: el de San Andrés, situado en el término de Granja de Moreruela, el de Puente Quintos en Santa Eulalia de Tábara y el del Hoyo, al que me estoy refiriendo.
Estado actual del Convento del Hoyo.
Puerta de entrada al convento.
Patio interior.
En este antiguo priorato, o pequeño convento, vivió Porfirio unos años con su familia, mientras estuvo encargado de la aceña, y también de la pesca, que era otro de sus trabajos u ocupaciones y que sin duda le proporcionaba algunos ingresos. Me acerco con él a dicho lugar y sobre la marcha me va contando sus recuerdos y vivencias:
“Hace años que no venía por aquí. Lo encuentro muy cambiado y cada vez más destruido. Ya casi no queda nada de las dependencias que tenía el Convento y en las que habitábamos o de las que nos servíamos: cocina, habitaciones para dormir, despensa, bodega en la que hacíamos vino. Ahí teníamos las cochineras, y en ese otro lugar las gallinas y los conejos. Y luego estaba el pozo… También había un palomar... Y esa sala grande y en ruinas era un trinquete (frontón cerrado). Lo tenían los frailes para jugar a la pelota…”
El edificio está situado en un altozano desde el que contempla el río Esla y algunos pueblos de la ribera. No lejos del mismo está lo que se conserva de la antigua aceña y la nueva minicentral hidroeléctrica de Iberdrola. No se equivocaron los frailes en la elección del lugar, que merece ser visitado y contemplado. Porfirio y su familia contaban con luz eléctrica procedente de la misma central, y aunque tuviese los  problemas y dificultades que trae consigo el vivir lejos de la población, dice:
“Aquí viví yo varios años, como un burgués, mejor que el duque de Sotomayor, añade. Era como un palacio para mí, y no me explico cómo en tan pocos años se ha convertido en un montón de ruinas y a punto de desaparecer, pues ya no se aprecia casi nada de su antigua construcción y lo que de valor artístico e histórico tenía este lugar. Había piedras talladas, algunas con escudos, dibujos e inscripciones que han desaparecido. Otras se conservan en domicilios particulares”.

Porfirio Botrán en la puerta del Convento. Año 2009.
En el interior del patio había y hay un pozo.
Escudo en la pared de entrada al convento.
Restos del palomar perteneciente al convento.
Su oficio o trabajo, (“mientras viví en el Convento” como él decía), era atender, como molinero a la aceña, que también visitamos y que de nuevo le hace recordar esta faceta de su vida. Me cuenta cómo era por dentro y por fuera, y la forma de trabajar. Hoy no se conserva nada más que el exterior del edificio principal con el tejado en buen estado:
“Por este canal entraba el agua, que movía las aspas de madera. Estas hacían girar el engranaje con las piedras de moler el cereal, que entraba desde la tolva. Y por esa puerta que hay al otro lado se entraba directamente al molino con los sacos y demás a través de un puente desde la orilla del río".
Porfirio junto a la aceña de Bretó.
Interior de la aceña, en la actualidad.
Vio tantas veces la aceña y su mecanismo, y lo vivió todo tan intensamente, que, después de jubilado, se puso a construir una en miniatura, que me enseña al regresar al pueblo. Tan sólo le queda colocar la tolva, pero piensa hacerlo, si cuenta con salud y también con ganas para ello.

Su ilusión fue construir una aceña y un cañal en miniatura.
Al preguntarle si ejerció en su vida algún otro trabajo o afición en seguida me dice que pescador, de caña, red, y sobre todo en el cañal, pues contaba con uno casi en el mismo lugar en el que lo tenían los monjes de Moreruela.
“Había un canal pequeño al lado del río y no lejos de la aceña. Por este canal entraba el agua y también la pesca. Entre los muros del mismo se colocaba el cañal, una estructura de madera, de unos 20 metros, con rejillas no muy anchas como abertura.  El cañal tenía unas compuertas por las que entraba el agua y también los peces. El agua salía con facilidad por las rejillas pero los peces no, pues las pequeñas aberturas se lo impedían. De esta forma recogíamos diariamente muchos en aquellos años: anguilas, barbos, truchas, carpas, etc. Algunas noches, (buena hora para la pesca), hasta 300 kilos. Luego venían compradores que los vendían por los pueblos de la comarca”.
Porfirio, lo mismo que hizo con la aceña, se puso a hacer en su casa un cañal de pescar en miniatura, de poco más de un metro de largo, que me enseña con satisfacción, al tiempo que me explica con todo detalle su funcionamiento.   
Porfirio retocando su cañal..
El cañal ya completo.
Enseñándo las compuertas de su pequeño cañal.
También se dedicó a la fontanería y a la electricidad, poniendo en práctica todos los conocimientos que había adquirido en su experiencia de ver trabajar, y trabajar también él, en la construcción de la minicentral hidroeléctrica que desde hace ya muchos años hay en El Hoyo, pegada casi a la misma aceña. Primero perteneció a Electra Benaventana y luego a Iberduero, hoy Iberdrola.
Estando en la aceña me señala una caseta aguas abajo y veo que tiene gran interés en contarme lo que era y para qué servía. Me dice que en la caseta había un pozo y un linígrafo (así lo llama él), que marcaba el nivel del agua del río. Y desde la caseta hasta la otra orilla había un cable a 5 metros de altura sobre el agua. Sobre este cable circulaba casi todos los días una vagoneta con obreros dentro. Al llegar al medio del río arrojaban un aparato (un molinete, según él), para hacer dos medidas, una casi desde el mismo fondo y la otra más cerca de la superficie del agua. Con ello se sabía la profundidad y también la velocidad. Pero en lo que Porfirio insiste es que cada vez que se medía había que ir, como fuese, hasta Villarrín, que era el lugar más cercano a Bretó con teléfono y telégrafo, para comunicárselo a la dirección de la empresa. Fueron muchos y a veces muy duros los viajes que tuvieron que hacer a Villarrín, de ahí que sea otra de las cosas que no puede olvidar.
Pasó casi toda su vida junto al río: Que si la aceña, que si la central, que si el cañal y los peces, etc. Era su forma de vivir, que soportaba con agrado. Pero antes de cumplir los 60 años tuvo que jubilarse por motivos de salud. Desde entones ha ido menos por allí y se ha entretenido, entre otras cosas, construyendo en casa la pequeña aceña y el cañal, y ayudando a su hijo que regenta uno de los bares del pueblo. Y, cuando se le ofrece de nuevo la oportunidad, se acerca al lugar, y le viene a la memoria un cúmulo de recuerdos, de forma tal que se pasaría muchas horas contando su vida y sus vivencias junto al río, la aceña, la central y el cañal en el que cogía muchos y variados peces, que por entonces había en el río.
 En el pueblo lo conocían bien: “Cómo no me van a conocer, si casi me he criado aquí. Vine de niño, fui a la escuela, he trabajado, me casé, tengo cuatro hijos… Tan sólo he salido para ir a la mili y por poco tiempo, pues mi padre estaba enfermo y había que ayudar en casa. El tiempo se me ha pasado rápidamente, prueba de ello es que ya tengo 89 años, me decía”. 
















viernes, 8 de noviembre de 2013

Sargas para el Día de los Difuntos.-2



3.- Continuando con el tema iniciado ayer sobre las sargas del Santuario de Carracedo en Rosinos de Vidriales, ésta, que mostramos ahora, representa al Purgatorio. Se ve a un grupo de almas en medio de las llamas, rezando o pidiendo salir de dicho lugar. Un ángel lleva en su mano un candelabro con cirio con el que señala a un cordero que se encuentra en la parte superior sobre una cruz. Hace referencia al Sacrificio del Cordero, a Cristo sobre la Cruz. “Cristo se sacrificó para redimir a los hombres de sus pecados”. Otro ángel con un recipiente en una mano derrama la sangre del cordero sobre las almas para ser redimidas. Con la otra las coge y ayuda a salir de su estado, e intenta subirlas para arriba, a las ya purificadas o redimidas de sus pecados con la sangre del Cordero.
En la escena vemos dos cosas: las almas que están pagando sus penas, en la parte de abajo, y más arriba las que se van a redimir y subir al cielo con la ayuda del ángel. Sobre el ángel un alma, ya redimida, pues lleva túnica blanca
Almas pagando sus penas en el Purgatorio.
Parte central de la imagen anterior. (Foto Joaquín Pérez)

Detalle foto anterior. El ángel derrama la sangre sobre un alma. (F.J.) 

Alma ya redimida, con túnica blanca. (F. Joaquín)
4.- Hay varias telas más con imágenes, o representación, de la muerte. La más destacada es la que nos muestra un ataúd de color negro, con una mujer fallecida dentro y con su cabeza sobre una almohada. Sus pies sobresalen de la caja y lleva un crucifijo en sus manos. Al lado está la tapa de dicho ataúd, también de color negro.
Debajo y escrito sobre la tela un texto que dice: Restituye y paga luego- Que una mortaja y no más- De este mundo llevarás.
Ataud de color negro con mujer fallecida.
Detalle de la foto anterior. El crucifijo en manos de la difunta.
En otra pintura vemos las andas, para llevar a los muertos. En su frontal el símbolo de la muerte, la calavera y los huesos. Debajo de ellas una pala y una azada, herramientas para cavar la tumba y enterrar en ella a la difunta.
En un texto escrito sobre las andas, leemos: Soy vehículo de muertos- Repara alma cristiana- Encomienda luego tu vida- Antes que te halles tendida- En esta terrible cama-

Andas para llevar a enterra a los muertos. En la parte inferior azada y pala.
Representación de la muerte en el frontal de las andas.
Se representa también a la muerte en otras dos telas, una alargada con la calavera en medio y dos ángeles a los lados, y una cruz de gran tamaño con una calavera en la parte inferior del brazo central. Esta última puede hacer referencia al Gólgota o lugar de la Calavera, en donde, según los Evangelios, Cristo fue crucificado, después de la entrega de Pilatos: “Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado, y tomaron a Jesús y lo llevaron. Y llevando su Cruz salió al lugar que se dice de la Calavera y en hebreo Gólgota”. (S. Juan, 19, 16-17).  

Sarga alargada con la representación de la muerte y ángeles a los lados.
Pintura cuyo único tema es represntar a la Cruz sobre la calavera.
5.- La última sarga que hemos visto es alargada y serviría para completa esta catequesis. Se trata de un muro y una puerta, ambos de gran tamaño, y con adornos de flores y plantas. Recuerda a los fieles creyentes la Puerta del Paraíso. Sobre la puerta la Cruz, dentro de un triángulo, la muerte, y un poco más abajo leemos: Creo en la resurrección de la carne.

Puerta del Paraiso.
Las sargas del Santuario de Rosinos se encuentran en bastante buen estado de conservación. Pero, para evitar un posible y mayor deterioro, deberían estar guardadas en un arca o cajonera de la sacristía, y no en trasteros o en lugares expuestos a la humedad u otros agentes atmosféricos. Tras su limpieza y cuidado, pudieran servir para exponerlas temporalmente en algunas ocasiones, sobre todo durante el mes de noviembre, cuando se celebra la festividad de los Santos y de los Difuntos.
Sobre la antigüedad de las mismas y su autor, es de suponer que habrá constancia de ello en algún libro del Santuario, de la parroquia del pueblo, o en el de archivo de la diócesis de Astorga, a la que pertenece esta iglesia y todas las de la comarca.